Ha sido una tarde luminosa alucinante. La típica tarde de otoño, con colores de todo tipo recorriendo el borde de las calles y con Sandra a mi lado. Es perfecta. Es maravillosa. Nos hemos visto sólo dos veces, pero ésta vez por fin ha salido a la luz que nos encantamos.

Siento que nos conocemos desde siempre y ella me dice lo mismo con sus pupilas. Son apenas tres horas y ya me parecen diez años. No me hace falta nada más. Por fin. Sus ojos negros son enormes y su pelo es largo, liso y negro. Es alta y delgada y los temas de conversación no paran de salir.

Habla de todo y parece culta e inteligente. Tiene preocupaciones sociales y no sólo se queja, sino que también hace cosas para cambiar el mundo. Le pediría que se casara conmigo hoy mismo. Y eso que todavía es de día.

Toma una y otra copa en cuanto empieza a anochecer. Le sigo el ritmo. Encima baila bien y se ríe cuando hace alguna torpeza al empezar a afectarle el ron. Yo hace rato que me pasé a la Coca-Cola. En medio de una canción atronadora, se sonríe y me grita que es tarde para ir a su casa y que deberíamos atrincherarnos en la mía, no vaya a ser que salga el sol. “Soy muy vampira”, me dice cuando acaba la música con el dedo sobre los labios y la mirada baja.

Aún quiero casarme con ella. Follaría sin condón hasta el lunes. Tendríamos unos hijos preciosos. Tres. Acabo confesándoselo y sin ir a casa, me empuja al baño del bar, donde lo hacemos hasta el final. Sigo alucinado. La mujer de mi vida en una tarde-noche.

Ya en casa, se tumba en el sofá, se pone una copa y se conecta música en el móvil con los altavoces. No para de beber y al rato se está haciendo rayas, una cada 15 minutos. Me empiezo a hartar.

Le digo que me voy a la cama, pero se queda cantando con el móvil, sus rayas y sus copas. Me levanto dos veces de la cama para pedirle que baje la música y para ver si, sin decírselo, se mete en la cama conmigo. Vuelvo sólo las dos veces y ella sigue tumbada en el sofá, moviendo los brazos doblados sobre su cuerpo mientras tararea una canción indie. En una mano el móvil y en la otra una copa con el alcohol inclinado sobre el cristal queriendo derramarse en su boca.

Se hace de día. La tuve que echar. A mi casi mujer. ¿Será la madre de mis hijos? El domingo, al menos, es igual de luminoso.

MadridMEN

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